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Te cuento un cuento, Navidad

Te cuento un cuento, Navidad. Sí, va sobre nuestras primeras navidades juntos. Todavía no sé cómo he podido tener tanta suerte, y lo explico en voz baja por miedo a que sea un sueño y se desvanezca al despertar. Le he escrito mil canciones y una; algunas hablan del amor, otras del pavor a que deje de existir. Imagínate si me ha dado fuerte. Leah fue mi vendaval, llegó y arrasó con todo: mi Pequeña Gale.

Llevamos unos meses en una nube. A ver, no te voy a mentir, he metido la pata unas cuantas veces; lo mío no se soluciona de un día para otro, aunque con ella todo es más fácil. A lo largo de este año han cambiado muchos aspectos como celebrar las fiestas en el rancho y el Año Nuevo en Los Ángeles. No creas, me daba vértigo esa reunión, con toda la familia de mi chica al completo, las presentaciones, las comidas, las cenas, los regalos, sentarme entre sus dos hermanos… en fin toda una aventura.

¿Te apetece conocerla?

Cuando aterricé en The Kline’s Mountain, por segunda vez en mi vida, las cosas eran totalmente diferentes. Leah no había dejado de parlotear durante todo el camino que separaba Lawrence del pequeño pueblo. Estaba nerviosa, yo también. Para qué mentir. Pese a que me habían acogido bien y que parecía que sus padres habían aceptado mi pasado, con alguna que otra reticencia, nos daba pavor enfrentarnos al resto de la familia a pecho descubierto.

Al bajar del coche nos recibió un aire frío y sonreí a Leah cuando me guiñó un ojo. Aunque me había advertido de las bajas temperaturas en esta época del año en el campo, esto era más de lo que esperaba. El ladrido de un perro que corría hacia nosotros me despabiló al instante y dudé entre meterme rápido en el cálido vehículo o echar a correr hacia uno de los cercados cuando vi lo inmensa que era la bestia que se acercaba a gran velocidad.

Sin saber muy bien cómo, de pronto me encontré tendido en el suelo con el aliento del sabueso y alguna de sus babas goteándome en la cara. Escuché unas risas e intenté no gritar para no parecer un crío asustado mientras peleaba con el animal que quería lamerme a toda costa.

—¡Cookie! Deja a Nathan, no seas maleducada —dijo mi chica, muerta de risa.

—¡Oh! Gracias a Dios, pensé que no viviría para verte tendido en el suelo a merced de una chica —soltó Max, divertido.

—¿Va alguno de vosotros a quitarme a esta «bonita chica» de encima? —pregunté a los dos hermanos que estaban tronchándose en mi cara sin ninguna piedad.

—¿Y perdernos la diversión? Nah… estás en el rancho, amigo, aquí las cosas se arreglan echándole…

—Pantalones —interrumpió una voz femenina a Max—. Cookie, suelta al chico si no quieres que te encierre en el granero.

Por arte de magia el animal salió huyendo hacia la casa y vi la sonrisa de Jossie, la madre de Leah, que me tendía la mano para ayudarme a levantarme del suelo.

—Estos chicos son incorregibles, todavía me pregunto qué hicimos mal con ellos.

En un momento me había convertido en el espectáculo de la familia Kline. Thomas, saludaba a Leah entre risas y su padre me golpeaba con fuerza en la espalda; supongo que a modo de saludo. La cuestión fue que entendí a los pocos minutos de haber puesto los pies en el suelo cómo funcionaban las cosas allí.

Al día siguiente, querían hacer una excursión por la propiedad. No había pegado ojo en toda la noche, y tenía un dolor de espalda considerable.

A las ocho, cuando aterricé en la cocina, tuve que pestañear varias veces. Estaba repleta de mujeres, algunas conocidas, otras a las que no había visto jamás y ni rastro de Leah. El ruido de los cacharros mezclado con el apetitoso olor de lo que se estaba cociendo en los fogones me hizo sonreír.

Fue Annie, la tía de Leah, la que advirtió mi presencia. Me ofrecí a echarles una mano mientras despertaban el resto y casi se le salen los ojos de las órbitas ante mi proposición, como si le hubiese sugerido algo muy, muy deshonesto.

Me echaron de la estancia con un plato cargado de viandas y el famoso café Kline. Charle´con los abuelos a la vez que devoraba aquel exquisito desayuno y después de una hora, creí conveniente moverme. Allí no bajaba nadie a desayunar, y el sector masculino estaba desaparecido mientras el femenino se dedicaba a los preparativos. Algo que me chocó bastante, en mi casa todos colaborábamos si no queríamos que nuestro trasero peligrara.

Iba a dejar los platos del desayuno en la cocina cuando aparecieron los tres hermanos por la puerta, junto a su padre y a su tío. Todos calados con el famoso sombrero cowboy y las botas. Leah me vio y una sonrisa juguetona apareció en su rostro.

—¡Buenos días, dormilón! Te has perdido la excursión —dijo con un puchero gracioso.

—Tío —soltó Thomas a la vez que colgaba su abrigo en un enorme perchero en la pared de la entrada—, como sigas levantándote tan tarde te vas a perder los mejores amaneceres que hayas visto en tu vida.

¿Amaneceres? ¿Hablaba en serio?

—Deberías verte la cara, Nat —comentó Max mientras se sacaba las botas llenas de barro y las dejaba junto al resto que hacían lo mismo.

—¿Por qué nadie me ha despertado? 

—Te dijimos la hora anoche, colega —dijo el hermano mediano.

—Pensaba que bromeabais, tío. Las cinco de la mañana, ¿en serio?

—Muy en serio, hijo —sentenció su padre con una amplia sonrisa—. Aquí no tenemos días festivos.

Vi como se dirigían al enorme salón con la boca abierta, entre sorprendido y molesto. ¿Me estaban tomando el pelo?

—No siempre nos levantamos a esa hora —susurró Leah en mi oído—. Es un ritual que solemos hacer los días de Navidad. Ya te dije que somos algo raros.

—Joder, pequeña Gale, no me vais a dar tregua, ¿verdad?

—Creo que no —rio con ganas—, todavía tienes que ganártelo.

—¿El qué?

—El respeto, amigo. Estás en Sun City.

Fui a la cocina con una sonrisa tonta y tras un tira y afloja con las abuelas y la madre de Leah, me puse a fregar los cacharros que ellas iban ensuciando. ¿Querían que me ganara el respeto? Pues no sabían con quién estaban jugando.

Pasadas dos horas, tía Annie, había conseguido que cantara con ella a pleno pulmón Home on the range a la vez que amasamos el pan y dábamos forma a los bollos. Max asomó la cabeza por la puerta y llamó al resto para que vieran el espectáculo.

—Nunca subestimes a un Collins, amigo —dije con un guiño.

Leah aplaudió con ganas al ver a sus dos abuelas coreando y a su madre junto al resto de sus tías, bailando al ritmo de nuestra canción. Teníamos montado un buen espectáculo, al que se sumaron todos, incluidos los abuelos.

«Pues sí, nunca subestimes a un californiano, amigo…».

La cena fue increíble. Nunca había comido tanto como aquella noche, todo estaba riquísimo y lo mejor fue disfrutar del espíritu navideño en plena esencia. Sonaban canciones, voces altas, niños correteando alrededor del árbol. Las bromas de los Kline. El aroma a tomillo y otras hierbas del condimento del asado. Las salsas dulces, las risas mezcladas con los bollos recién horneados. Los famosos rollos de canela de Jossie… Alguna que otra caricia robada a Leah por debajo del mantel. La charla a puerta cerrada con Max, con la que, finalmente, se afianzaba una amistad de por vida. La camaradería con Thomas, el mediano imperturbable pero fiel hermano de mi chica. 

Rozar por unas horas, parte de la vida que había tenido mi pequeña Gale y querer vivir en ella para siempre.

—Creo que me he vuelto a enamorar —me dijo Leah por la noche, antes de irnos a dormir.

—¿Quién es el afortunado? 

—Un idiota que solo sabe aporrear una guitarra y escribir letras de canciones cursis.

—Vaya tostón de tío, pequeña Gale. ¡Huye!

Corrí tras ella para hacerle cosquillas y entró corriendo en su habitación, antes de que pudiese darle alcance.

—Mañana tengo una sorpresa para ti. ¡Temprano, Nathan! —gritó a través de la puerta.

—¿Es algo que me imagino y me muero de ganas desde hace un par de días? —compartí a la madera que hacía de barrera entre ambos.

—No seas guarro. Nada de «cosas de mayores en casa», amigo —contestó mi chica a través de un resquicio de la puerta que había vuelto a abrir.

—Hasta mañana, preciosa.

—Dulces sueños.

Había oído que las mejores puestas del Sol del mundo se podían disfrutar en Kansas, eso lo había dicho alguien que no había visto nunca un amanecer. La paleta de colores que jugaba entre el rosa pálido y el rojo, contrastaba con el pelo de Leah, que estaba apoyada en mi pecho, al cobijo de mis piernas.

Este era su lugar secreto, donde siempre venía a meditar, hoy lo compartía conmigo y me regalaba un tesoro. Un nuevo amanecer juntos.

—Feliz Navidad, Leah. Te amo, gracias por compartir esto conmigo.

—Feliz vida, Nathan, por este y muchos más amaneceres.

FIN.

Foto de portada de Melanie Mauer. Imagen camino de Timothy Eberly. Imagen de rollos de canela de Joseph Gonzalez. Imagen de amanecer de Yasin Arıbuğa todas de Unsplash.

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Inma Cerezo es una barcelonesa lectora acérrima que siempre quiso contar sus propias historias. Tras divagar largo y tendido, escribe su primera novela Goleters Luna de Lenten. Actualmente trabaja en varios proyectos, con la ilusión de que pronto vean la luz.

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